Por si alguien se preguntó de dónde viene la obsesión por “flexibilizar” el mercado laboral, esta trayectoria tiene fecha de inicio con la crisis del petróleo y la irrupción de las ideas neoliberales en el mundo anglosajón.

La batalla por los costos y la competitividad

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el mapa global se reconfigura y existen dos sistemas de pensamiento en pugna: el estadounidense y el soviético. Particularmente, Estados Unidos (EUA) vive una década de auge donde sus empresas exportan hacia el exterior imponiéndose en los principales mercados del mundo. Entre 1945 y 1960 las empresas norteamericanas se imponen en todo Occidente y empiezan a proyectar su incursión en Oriente. 

El mapa geopolítico norteamericano empieza a diseñar una estrategia de mundo unipolar donde el “modelo americano” de la libertad y la democracia occidental se impone como verdad única. A este proceso moral e ideológico, lo acompaña una expansión del mercado, que implica imponer reglas que garanticen esquemas legales amigables para estas empresas estadounidenses. Es así que el objetivo político ahora migra de una guerra militar a la conquista de sistemas legales.

Así y todo, EUA sostenía una lógica keynesiana de la economía, donde se perseguía un Estado de Bienestar, con gobiernos que intervenían en la actividad económica a través del estímulo a la demanda. Este momento del capitalismo se sintetiza en una idea muy atractiva, donde los trabajadores deben jerarquizarse, no por su dignidad humana si no por la importancia que reviste tener una población capaz de impulsar el consumo. Esto se traduce en salarios y expectativas de vida medias-altas que permiten a la gente desarrollarse con cierta plenitud.

La crisis del petróleo (1973) sacude las relaciones de costos de producción de los países occidentales y hace que las Universidades del establishment anglosajón empiecen a dar impulso a ideas que respondan a esta problemática. Es en ese contexto que surge la idea de “bajar los costos”, lo cual implica correr al Estado.

Las empresas multinacionales para desarrollarse ya no necesitan Estados fuertes que tributen, intervengan el mercado con estrategias anticíclicas que impulsen la demanda en tiempos de escasez o de sobreoferta. Más bien, necesitan normas que le permitan manejarse libremente, sin temor a tener que prever consecuencias jurídicas. Una de estas estrategias se llama política de relocalización de la producción. Las empresas multinacionales aprovechan una estrategia geopolítica planteada por Kissinger: llegar a oriente a ofrecer empleo e inversiones para frenar al comunismo soviético, entendiendo a China como un potencial aliado.
Hacia principios de los años ‘80s, las principales compañías norteamericanas y europeas ya habían establecido fábricas que absorbían parte o la totalidad de sus líneas de producción en China, donde se garantizaba por parte del Estado, seguridad jurídica y bajos costos.

Esta estructura de bajos costos implicaba: salarios miserables y un Estado que subsidiaba los costos energéticos.

Entonces, repasando: la posguerra trajo décadas de paz en Occidente el cual mantenía un patrón basado en la idea de bienestar y consumo como éxito político, los Estados acompañaban políticas que mejoraran el nivel de los salarios. La crisis del petróleo impulsa una euforia obsesiva por la persecución de estrategias que reduzcan costos de producción y amplíen márgenes de ganancias. Los Estados permiten la fuga de industrias y el ingreso de productos provenientes de Oriente a bajo costo. El neoliberalismo propone sistemas abiertos de librecambio que garanticen el ingreso de bienes y servicios de países que garantizan estos niveles de explotación, y para poder competir con ellos (sostener niveles de empleo) propone competir en los niveles de precarización, puesto que lo que no está en juego es el nivel de ganancias de las empresas: ningún empresario que pueda ganar 100 produciendo en China, en Vietnam o en Camboya va a aceptar ganar 50 produciendo en Argentina, Francia o Estados Unidos.


El resultado es la destrucción de los tejidos productivos, el desempleo y la conformación de sectores estructuralmente marginados. A los que servirá luego de fundamento para decir: necesitamos una reforma laboral para que lleguen inversiones y estos sectores marginados consigan trabajo. ¿Un trabajo que dignifique? No, claro, un trabajo que resulte funcional a la estructura de costos de una empresa globalizada.

La sociedad del rendimiento y la autoexplotación

Entre la crisis del petróleo y el año 2025, hubo un apogeo de esta forma de producción fundada, entre otras cosas, en la persecución constante de desarrollos tecnológicos con la misma lógica: producir más, a menor costo. Así, la ciencia y la tecnología se abocan principalmente a un solo objetivo: automatizar y robotizar la producción.

Los desarrollos que empezaron ya en la segunda guerra mundial, que buscaban mejorar los procesos de toma y procesamiento de información vinculada a inteligencia militar, desembocan en computadoras capaces de procesar de manera automática enormes cantidades de información de manera rápida. Los desarrollos de la computación y la electrónica desembocan en la sociedad digital, que permiten ofrecer al mercado productivo formas de producción automatizadas. Si antes obtener un clavo dependía de la cantidad de horas de trabajo que le llevaba producir a un trabajador, hoy la estructura de costos se reduce a la inversión y mantenimiento de una máquina guiada por un operador, que produce 24/7 de manera ilimitada y permanente.

Máquinas que producen y sistemas operativos que piensan infinitamente más rápido que el ser humano, derivan en una forma de vida que “insectifica” al ser humano, convirtiéndolo en un elemento obsoleto, que resulta incapaz de competir (vuelve al sujeto: incompetente) con las nuevas formas de producción. Una sociedad que se guía por mantras eficientistas que constituyen una moral desmoralizante, un sistema de valores donde el sujeto queda reducido a la nada y su pulsión de vida reside en la capacidad de producir, en su “capacidad de rendimiento”. Esta visión de la vida hace que el hombre se auto explote, ya no hace falta una fábrica panóptica con un capataz que mande y exija. El propio sujeto llega a su casa sintiéndose inútil, pues su propia capacidad no cumple con los requisitos del mercado, depende del rendimiento de una máquina que en términos productivos es infinitamente superior a su humanidad.

Esta moral, este sistema de valores, es el que lleva a “las personas de a pie” a creer que una reforma laboral que convalida este mercado de competitividad donde el interés superior reside en la ganancia del empresario puede resultar beneficiosa para la población en general. La civilización y la comunidad no son objetivos perseguidos. El bienestar y la supervivencia tampoco lo son. Nuestra forma de vivir y de pensar hoy están subordinadas a la necesidad de dar cumplimiento con los tiempos de producción de máquinas que nos superan ampliamente. 

Estamos hablando de gente que defiende plexos normativos que avalan esta lógica subordinante.

Estocada final a nuestra forma de vida

Argentina es una Nación que hacia fines del Siglo XIX tomó algunas determinaciones que la constituyeron en un pueblo muy particular. Su compulsión a recibir inmigrantes particularmente del mundo latino-europeo configuró una sociedad que se organizó en torno a la idea de Comunidad bajo un formato social cristiano. El pensamiento comunitario y solidario, heredero del sur europeo, católico y latino, configuró formas de organización muy específicas donde la sociedades de fomento, los sindicatos, los clubes, ocuparon un rol protagónico en el cuidado del sujeto social.

Esta configuración desemboca en un movimiento político que integra estas vertientes: en 1949, luego de tres años de trabajo intensivo con los juristas más grandes del mundo hispano, se resuelve una Constitución Nacional nueva, aprobada de manera legal, que establece algunas particularidades en torno al trabajo, considerado como el elemento ordenador de la sociedad y constitutivo del hombre, de su dignidad y de su realización espiritual y material.

El capítulo tres de este corpus (luego de la organización política, y los derechos, deberes y garantías de la libertad personal del hombre) se dedica de lleno a especificar los derechos del trabajo, con definiciones específicas y puntuales respecto de cómo se constituye y se ordena el trabajo en nuestro país.

Mientras que la Constitución de 1853 respondía a una herencia ideológica franco-anglosajona, la Constitución de 1949 es el resultado de un desarrollo en el sistema de pensamiento argentino, basada en la concepción de una “forma de vida argentina”. No está demás repasar el artículo 37 de esa Constitución y cómo concibe el Derecho la Trabajo:
1. Derecho de trabajar: El trabajo es el medio indispensable para satisfacer las necesidades espirituales y materiales del individuo y de la comunidad, la causa de todas las conquistas de la civilización y el fundamento de la prosperidad general; de ahí que el derecho de trabajar debe ser protegido por la sociedad, considerándolo con la dignidad que merece y proveyendo ocupación a quien la necesite.

2. Derecho a una retribución justa: Siendo la riqueza, la renta y el interés del capital frutos exclusivos del trabajo humano, la comunidad debe organizar y reactivar las fuentes de producción en forma de posibilitar y garantizar al trabajador una retribución moral y material que satisfaga sus necesidades vitales y sea compensatoria del rendimiento obtenido y del esfuerzo realizado.

3. Derecho a la capacitación: El mejoramiento de la condición humana y la preeminencia de los valores del espíritu imponen la necesidad de propiciar la elevación de la cultura y de la aptitud profesional, procurando que todas las inteligencias puedan orientarse hacia todas las direcciones del conocimiento, e incumbe a la sociedad estimular el esfuerzo individual proporcionando los medios para que, en igualdad de oportunidades, todo individuo pueda ejercitar el derecho a aprender y perfeccionarse.

4. Derecho a condiciones dignas de trabajo: La consideración debida al ser humano, la importancia que el trabajo reviste como función social y el respeto recíproco entre los factores concurrentes de la producción, consagran el derecho de los individuos a exigir condiciones dignas y justas para el desarrollo de su actividad y la obligación de la sociedad de velar por la estricta observancia de los preceptos que las instituyen y reglamentan.

5. Derecho a la preservación de la salud: El cuidado de la salud física y moral de los individuos debe ser una preocupación primordial y constante de la sociedad, a la que corresponde velar para que el régimen de trabajo reúna los requisitos adecuados de higiene y seguridad, no exceda las posibilidades normales del esfuerzo y posibilite la debida oportunidad de recuperación por el reposo.

6. Derecho al bienestar: El derecho de los trabajadores al bienestar, cuya expresión mínima se concreta en la posibilidad de disponer de vivienda, indumentaria y alimentación adecuadas, de satisfacer sin angustias sus necesidades y las de su familia en forma que les permita trabajar con satisfacción, descansar libres de preocupaciones y gozar mesuradamente de expansiones espirituales y materiales, impone la necesidad social de elevar el nivel de vida y de trabajo con los recursos directos o indirectos que permita el desenvolvimiento económico.

7. Derecho a la seguridad social: El derecho de los individuos a ser amparados en los casos de disminución, suspensión o pérdida de su capacidad para el trabajo, promueve la obligación de la sociedad de tomar unilateralmente a su cargo las prestaciones correspondientes o de promover regímenes de ayuda mutua obligatoria destinados unos y otros, a cubrir o complementar las insuficiencias o inaptitudes propias de ciertos períodos de la vida o las que resulten de infortunios provenientes de riesgos eventuales.

8. Derecho a la protección de su familia: La protección de la familia responde a un natural designio del individuo, desde que en ella generan sus más elevados sentimientos afectivos y todo empeño tendiente a su bienestar debe ser estimulado y favorecido por la comunidad, como el medio más indicado de propender al mejoramiento del género humano y a la consolidación de principios espirituales y morales que constituyen la esencia de la convivencia social.

9. Derecho al mejoramiento económico: La capacidad productora y el empeño de superación hallan un natural incentivo en las posibilidades de mejoramiento económico, por lo que la sociedad debe apoyar y favorecer las iniciativas de los individuos tendientes a ese fin, y estimular la formación y utilización de capitales, en cuanto constituyan elementos activos de la producción y contribuyan a la prosperidad general.

10. Derecho a la defensa de los intereses profesionales: El derecho de agremiarse libremente y de participar en otras actividades lícitas tendientes a la defensa de los intereses profesionales, constituyen atribuciones esenciales de los trabajadores, que la sociedad debe respetar y proteger, asegurando su libre ejercicio y reprimiendo todo acto que pueda dificultarlo o impedirlo.

La precisión con la que describe esta concepción contrasta tanto con la liberal-anglosajona, como con la progresista, toda vez que habla de desarrollo espiritual y moral, patrones que también han sido intrusados por izquierda.

El proyecto político argentino de 1949 es interrumpido por una conspiración anglosajona, algo absolutamente documentado al día de la fecha, que incluyó bombardeos a Plaza de Mayo y la muerte de cientos de argentinos. En ese contexto, la Constitución legítima fue derogada por un decreto-ley, que impuso el restablecimiento de la Constitución de 1853. Luego, se introdujo una reforma ad hoc, con el fin de calmar a los sindicatos de la época: en 1957 se incorpora el artículo 14 bis, que intenta sintetizar los enormes avances en materia de derechos sociales que establecía la del 49.

Este derrotero que empieza con los bombardeos a Plaza de Mayo tiene una secuela de hitos que van desde la imposición de la Ley de Entidades Financieras de Martinez de Hoz durante la dictadura militar de Videla, Massera y Agosti, pasando por la destrucción del tejido productivo nacional durante el período Alfonsín-Menem-De La Rúa, a la actualidad, con la incursión en una ley de reforma laboral. Este es el contexto y la línea histórica que hay que entender y estudiar para poder comprender correctamente de qué estamos hablando.

Es necesario también comprender cómo se adaptaron distintas naciones soberanas del mundo a este nuevo escenario global. Quienes aprovecharon sus condiciones naturales de vida para obtener ventajas de la globalización, como China o India, que aprovecharon las ventajas de ser países superpoblados con formas de vida simples, culturas no consumistas. Otros prefirieron adoptar sistemas de protección de lo local y aprovecharon su capacidad de proveer recursos estratégicos como Rusia o Arabia Saudita. También están los que se subieron a la ola financiera sin sobre adaptar sus condiciones culturales-religiosas, como Emiratos Árabes o Qatar; los que, aprovechando sus barreras naturales (idiomáticas, históricas, culturales), su posición geográfica y su baja población, pudieron enfocarse en la especialización y la aplicación de altos estándares de protección integral, como Finlandia o Noruega. Luego, existen Estados fallidos o quasi fallidos, que no lograron comprender su rol o rechazaron su cultura, y están naufragando en la historia buscando sobre adaptarse a un tejido global, el cual no dominan, ni son capaces de tener una mínima influencia.

La intrusión “liberal-libertaria” es una suerte de estocada final a esta soberanía ideológica que aportó el peronismo, que resistía desde el plexo normativo, a través de la Ley de Contrato de Trabajo de 1974 o el artículo 14 bis de la Constitución impuesta. Es importante ser conscientes de que esta reforma jurídica va detrás de una realidad que fue impuesta hace muchos años, donde incluso en el mercado formal del trabajo existen y han sido naturalizadas las pautas que hoy por escrito nos escandalizan. No viene a aportar nada nuevo: en la mayoría de las empresas argentinas, las vacaciones las fija el empleador en la época del año que le sirve, las horas se distribuyen en función de las necesidades de servicio, el pago en especias ya supera en muchos ámbitos el 20% del salario neto y las jornadas son de 12 horas. 

La agonía coyuntural y la necesidad de “gestos al mercado” para estirar unos meses más el verde financiero

Finalmente, y para no sobrestimar la capacidad intelectual de los servicios que encarnan este gobierno de ocupación, no debemos perder de vista que esta “Reforma Laboral express” responde también a una necesidad extremadamente coyuntural que es dar un golpe de efecto mediático, luego de las elecciones legislativas donde ganaron por un sorpresivo margen. Esto emerge de la necesidad de transmitir gestos al mercado financiero, que permitan estirar unos meses más la confianza en los bonos y acciones argentinas. La aprobación rápida y contundente de algo que se titule “reforma laboral” en Argentina le permitirá a Javier Milei recorrer el mundo con conferencias altisonantes que hablen del “enorme trabajo histórico que están haciendo en Argentina”.

Esto es posible porque, durante décadas, organizaciones financiadas por la sinarquía como fundaciones y ONGs, cámaras empresarias, panelistas y expositores renombrados se dedicaron a recorrer el mundo exponiendo el “caso argentino”, dibujándolo como un espécimen raro, digno de estudio, inexplicable, casi mitológico, donde convergerían todas las condiciones de éxito posibles pero supuestamente el “fracaso” se circunscribirían a una palabra extraña para el sujeto extranjero, llamada “peronismo”.

Este gobierno se ha acostumbrado, usando una suerte de estrategia retórica, a deambular por convenciones y mitines globales divulgando su lucha contra el Peronismo. Esta ley exprés viene a dar un poco más de aire a ese discurso, que indudablemente le imprimiría una cuota de confianza más al gobierno de Milei y le estiraría un poco más de dólares especulativos que garanticen gobernabilidad.

Que el gobierno oponga este modelo al peronismo es una enorme oportunidad, porque cuando fracase tendremos nuestra revancha. Para ese momento, debemos estar preparados, formados, y liberados de todos estos elementos intrusivos que tergiversaron nuestra historia y nuestra doctrina, omitiendo la naturaleza de nuestras ideas, ignorando nuestras verdaderas raíces. 

Será necesario entender que a esta lógica contemporánea del rendimiento y la autoexplotación sólo se le responde con una fe fundante, con un sistema de valores que respete la necesidad de plenitud espiritual y moral del individuo y que lo corra de un rol de servomecanismo de la productividad, que lo reduce a objeto de consumo o a un ser funcional del sistema económico. Es el peronismo el dogma que nos recuerda que la economía está al servicio del hombre y que el hombre trabaja no por dinero si no porque la Comunidad lo necesita.

Nunca está de más recordar los cuatro principios que nos dejó el Papa Francisco: La realidad es superior a la idea, el todo es superior a la parte, la unidad es superior al conflicto y el tiempo es superior al espacio.

Este texto se escribió a la luz de dos elementos rectores: La Comunidad Organizada y la Constitución del 49. Hay que volver ahí para resolver los problemas de fondo, que son problemas de Concepción, más que de Acción.

Viva la Patria.

Dejanos un comentario

Para dejarnos un comentario, tenés que ser parte de nuestra Comunidad Suscribite ahora.

Enviar